domingo, 2 de outubro de 2011

Cuando el gaiteiro fue tan moderno como el arlequín


Una muestra en Santiago desmiente tópicos sobre el predominio del costumbrismo en la pintura gallega
JOSÉ LUIS ESTÉVEZ - Santiago - 28/09/2011
Meu fillo, de Arturo Souto (1933)
La exposición Rostros del país, que se abrió ayer en el Centro Social Novacaixagalicia de Santiago, contribuye a desmontar algunos tópicos que suelen rodear al arte gallego de las primeras décadas del siglo XX. Un recorrido por los cuadros seleccionados por el comisario Carlos López Bernárdez permite concluir que Galicia contó durante la primera mitad del siglo XX con artistas muy destacados que supieron interpretar a su manera los postulados de los diversos movimientos artísticos que cambiaron el concepto de pintura en esas décadas. El mito de que en el arte gallego de la época predominaba el costumbrismo anclado en el siglo XIX no se sostiene al comprobar la modernidad de las obras que ahora se exhiben en Santiago.
"El pintor Carlos Maside solía poner el ejemplo de que muchos consideraban moderno pintar a un arlequín y no opinaban lo mismo si se representaba a un gaiteiro", explica López Bernárdez, quien considera que una de las razones por las que a la pintura gallega de la primera mitad de siglo se le identifica tanto con el costumbrismo es porque es muy distinta a la del resto de España. "Espero que el público se sorprenda por las obras que puede ver en esta muestra", concluye.
La exposición consta de 55 lienzos y dibujos realizados entre 1894 y 1952 y se divide en cuatro etapas cronológicas que permiten al espectador distinguir con más facilidad las diferencias entre las distintas épocas. El primer período se caracteriza por el predominio de un retrato decimonónico e institucional, en el que destaca la presencia de artistas como Fernando Álvarez de Sotomayor. Son años de un tímido realismo social en los que se encuentran artistas como Parada Justel, Jenaro Carrera y Ovidio Murguía. Un cuadro de este último, Amor dormido, abre el recorrido por la muestra. También de esta época pueden verse algunas obras de corte realista de Mariano Tito Vázquez, que contrastan con la modernidad que ya aparece pocos años después en el retrato colectivo realizada por Castelao en No faetón de Rianxo a Santiago (1908).
La segunda etapa se caracteriza por la influencia de corrientes como el simbolismo, el primitivismo y el expresionismo que ya comenzaban a triunfar en Europa. Bernárdez apunta que uno de los mejores ejemplos de esta época presentes en la muestra es un retrato del doctor Nóvoa Santos realizado sobre 1930 por Xesús Corredoyra. Se trata de un pintor que adopta unos esquemas nítidamente simbolistas. Sus retratos optan por una articulación figura-fondo muy marcada, con fondos frecuentemente simbólicos decorados con paisajes sentimentales. El artista recrea la estética barroca y manierista añadiendo dosis de primitivismo.
La llegada de la generación de Os novos marca la tercera etapa. En general, los pintores de este grupo realizan retratos que tienden hacia formas depuradas y hacia una supresión de lo anecdótico y de lo literario. En su tratamiento de las figuras están más interesados en el rol de sus personajes que en su carácter específico, una similitud con la Nueva Objetividad alemana, como señala el comisario en el catálogo de la muestra. Seguramente este es uno de los momentos más brillantes de la exposición, con la presencia de obras de artistas como Arturo Souto, Manuel Colmeiro, Carlos Maside o Laxeiro, quienes acabarían consagrándose como grandes figuras del arte gallego. El estilo delicado de Souto y los retratos ideológicos de Maside son buenos ejemplos de esta época.
El cuarto y último apartado de la exposición recoge obras de artistas que o bien apostaron por una estética involucionista cercana al franquismo, como Julia Minguillón, o de forma diametralmente opuesta iniciaron nuevos caminos como la incorporación de la influencia del informalismo en la obra de Laxeiro, la de la abstracción geométrica en la pintura de Maruja Mallo o la original reinterpretación del surrealismo realizada por Eugenio Granell.
López Bernárdez considera que la factura de las obras presentes en la muestra permiten llegar a la conclusión de que el arte gallego de la época estaba totalmente integrado en el contexto internacional. "Decir que determinados artistas gallegos no son modernos es como señalar que pintores como los alemanes George Grosz u Otto Dix tampoco lo son", indica el comisario.
El último cuadro de la muestra es un autorretrato de Laxeiro, fechado en 1952, y que comenzó a realizar en Galicia dentro de la estética del granito que marcó buena parte de su trayectoria artística. La obra fue terminada en Buenos Aires, donde el pintor de Lalín incorporó elementos tomados de las corrientes internacionales de la abstracción informalista, sin perder la textura de su etapa anterior. En este óleo mantiene la fidelidad a su lenguaje primitivista y disuelve la realidad en color y gesto. Es un buen ejemplo de cómo los artistas gallegos supieron añadir a su obra elementos procedentes de las grandes corrientes del arte internacional, sin renunciar a mantener una estética propia y muy reconocible.
La exposición permanecerá en Santiago hasta el próximo 20 de noviembre y posteriormente se trasladará al Centro Social de Novacaixagalicia en Pontevedra, donde podrá visitarse durante los meses de diciembre y enero. El proceso de selección de las obras ha sido muy laborioso ya que se incluyen tanto pinturas procedentes de la colección de las antiguas Caixa Galicia y Caixanova, como de colecciones privadas y de otras instituciones, museos y galerías gallegas. El esfuerzo permitirá que el público descubra una visión inédita del arte gallego de la época.

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