venres, 12 de outubro de 2012

El ‘Guernica’ y su circunstancia


Es uno de los cuadros más célebres del siglo XX y conserva intacto su mensaje antibelicista. Para entenderlo mejor dos exposiciones lo sitúan dentro de la obra del artista y de su época
El Guernica, de Pablo Picasso, es una obra inagotable. Han pasado 75 años desde que el pintor malagueño lo pintó en el ático de la Rue des Grands Augustins 7, como encargo del Gobierno de la República destinado al Pabellón Español de la Exposición Internacional de París en 1937. La ejecución de la obra es una de las mejor documentadas de la historia porque no solo se conservan muchos bocetos, sino que la fotógrafa y amante del artista, Dora Maar, fue haciendo fotografías de cada fase de la pintura. Desde entonces la accidentada historia y avatares de esta pintura han saltado a la prensa con frecuencia, un interés que quizá responda al poderoso hechizo que sigue teniendo este mural simbólico sobre la guerra, el sufrimiento y el sinsentido de la destrucción.
En esta fecha se ha querido conmemorar la vigencia de su significado a través de al menos dos perspectivas distintas, por medio de las exposiciones que se inauguran la próxima semana en el Guggenheim de Nueva York y en el Museo Reina Sofía de Madrid, donde el Guernica se exhibe de forma permanente. Ambas son, respectivamente, las grandes apuestas de la temporada en dichos centros de arte, pero ninguna entra de lleno en la famosa pintura, sino que la cercan, la rodean y la ponen en contexto dentro de la obra del pintor, la primera, y en la convulsa época en la que fue realizada, la segunda.
El Guggenheim de Nueva York descubre una faceta casi inadvertida en la obra del artista mediante la muestra titulada Picasso en blanco y negro. Su comisaria, la española Carmen Giménez —conservadora del siglo XX del museo—, ha rastreado la amplia serie de pinturas y esculturas que el artista realizó limitando su gama de colores a los grises, los blancos y los negros. “Picasso usó el blanco y negro a lo largo de toda su carrera”, indica la comisaria. “Toda la guerra es en blanco y negro, pero también aborda otros temas mediante estos tonos”. La exposición reúne 118 obras realizadas entre 1904 y 1972, prácticamente toda la carrera del artista. Hay escenas tristes y melancólicas o de auténtico sufrimiento y terror ante la guerra, pero también está toda su etapa de cubismo, naturalezas muertas, retratos, estudios de otros artistas —desde los neoclásicos y las suaves tonalidades grecorromanas a Velázquez con Las meninas—, escenas eróticas —no pocas de ellas realizadas en su vejez— y muchas esculturas. “Cuando Picasso quería hacer algo importante lo hacía en blanco y negro. En muchas ocasiones lo usa en obras de transición entre etapas distintas. Pienso que el blanco y negro es donde mejor se expresa, es más claro”, afirma Giménez. “Muchas de ellas permanecieron en su colección particular hasta su muerte, casi no se han visto. Picasso se reservaba para sí sus pinturas preferidas, lo que hace pensar que estas obras en blanco y negro tenían especial significado para él”.
“Parece que utilizó el blanco y negro cuando organizaba composiciones complicadas, cuando añadir color podía impedirle pensar con claridad suficiente, como la grisalla que utiliza en el cubismo analítico. Pero también en momentos de conflictos emocionales tanto con sus mujeres como en situaciones como las guerras. Picasso sufrió mucho durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial y le resultaba muy doloroso todo lo que presagiara los conflictos bélicos”, dice Giménez.
Acostumbraba Picasso a pintar de noche y eso le daba una percepción particular de la luz y la sombra. Algo que quizá lo acercaba a la fotografía, por eso una vez le dijo a Brassaï: “La luz que tengo de noche es magnífica, la prefiero incluso a la luz natural. Deberías venir una noche a verla. Una luz que destaca a cada objeto con sombras trazando su círculo alrededor del lienzo y proyectada en las vigas; lo encuentras en la mayoría de mis naturalezas muertas, casi todas pintadas de noche. Sea cual sea la atmósfera se convierte en nuestra propia sustancia, nos borra y se las arregla para encajar con nuestra naturaleza”.
La escultura tiene un papel importante en esta exposición. El blanco fue el color preferido para muchas de sus esculturas, sobre todo para las cabezas de mujer. De alguna manera se daba un juego de opuestos y complementarios en las dicotomías hombre-mujer, blanco-negro. “Si no sabes qué color utilizar, elige el negro”, dijo Picasso en una entrevista, según recuerda Dore Ashton en su texto del catálogo.
Pero fue la mezcla de los dos la que dio más posibilidades a su pintura. Según un estudio Picasso utilizó hasta quinientos tonos de gris. “Es un color muy español, que descubrió Manet en la pintura de Velázquez, en su visita al Museo del Prado en el año 1865. Picasso lo rescata de Zurbarán, de El Greco, de Velázquez, de Goya”, continúa Carmen Giménez.
Entre las pinturas más destacadas de esta exposición están La planchadora (1904), La nadadora (1934), El osario (1944-1945) o La cocina (1948). Sin embargo, hay un gran ausente en esta exposición y es precisamente el Guernica, que no puede formar parte de ella por la imposibilidad de moverlo de su actual emplazamiento. “Hay cuadros maravillosos de Picasso, como Las señoritas de Aviñón, pero el Guernica es su obra maestra en blanco y negro. Y lo es porque supo hacer que fuera un cuadro de todos los tiempos. Es una pintura que deja entrever la tradición española del 3 de mayo, de Goya, y de Las lanzas, de Velázquez. No se puede decir que es la guerra civil española, puede ser cualquier guerra. La de Siria hoy o cualquier otra que surja en el futuro. Es atemporal y en eso consiste su enorme fuerza. Está el toro que puede ser algo español, y el caballo o las mujeres —que, para mí, son muy españolas también— y que, en realidad, son Marie Thérèse y Dora Maar. Hablando una vez con Maya Picasso, que tenía solo dos años cuando se estaba pintando el Guernica, recordaba que al ver el cuadro decía ‘mamá, mamá’, al ver representada a su madre tan angustiada. Pero yo creo que es también un cuadro que transmite mucha paz. A mí me emociona todavía cuando me pongo delante de él durante un rato. Te llega muy hondo”.
Si bien profundizar en las obras que Picasso realizó en blanco y negro contribuye a comprender mejor el Guernica, la exposición Encuentro con los años 30 es la que se adentra en las circunstancias que lo propiciaron. “La década de los años treinta es una de las más importantes cuando hablamos del desarrollo del arte moderno. No solo porque en esa década surgen muchos de los ismos de las vanguardias: abstracción, realismo, surrealismo…, sino también por los acontecimientos políticos que ocurrían”, explica Jordana Mendelson, comisaria general de la muestra. “En las historias del arte que se han contado desde entonces se ha perdido un poco la perspectiva de la importancia que el arte español tuvo en esos años. En esta exposición intentamos repasar esta década con los ojos sobre las complicaciones del momento, sin intentar simplificar, suavizar o hacer más fácil una época que fue muy difícil y compleja. A nivel artístico, político y también en la articulación de las relaciones entre los países. Retomamos el Guernica no solo como una obra maestra, que sin duda lo es, sino como parte de una historia con muchas circunstancias a tener en cuenta”.
La exposición ocupa dos plantas del museo madrileño, unos 2.000 metros cuadrados. Una tiene el Guernica como centro, pero no como una obra aislada sino en relación con todo lo que sucedió en España en la década de los años treinta, a la República y a la guerra. Además de pintura y escultura habrá ilustración, propaganda, carteles, dibujos, fotografía y películas, y una parte estará dedicada al eclecticismo en el arte, que fue muy importante. Se podrán ver obras prestadas por museos internacionales de artistas como Max Beckmann, Piet Mondrian, Kandinsky, Tanguy, Man Ray, Miró, Siqueiros, Torres-García, Ad Reinhardt, Moholy-Nagy, Calder, Klee, Remedios Varo, Dalí y André Masson.
 “En la otra planta también abordamos el eclecticismo, dándonos una idea, por ejemplo, de que cuando hablamos de realismo no solo nos referimos al realismo soviético, sino que es una herramienta a nivel estilístico y también político, o los modos de difusión del arte como fueron las grandes exposiciones de moda en la época”, continúa Mendelson. “Creo que es una perspectiva innovadora que viene, después de muchos años en el museo, investigando los formatos de papel —carteles, fotografías, grabados, caricaturas, revistas— y también los formatos más populares. Se trata de romper con la idea de que solamente hay que tener en cuenta las exposiciones de galerías de arte y museos”.
En efecto, la exposición no se centra solo en las obras producidas en el mencionado periodo, sino en las formas de exposición a mayor escala que contribuyeron a su mejor difusión, como las grandes muestras universales o las pinturas murales para edificios públicos u otros medios en los que el poder se vinculaba al arte, incluso el más avanzado y experimental. La exposición no evade los ejemplos de los Gobiernos totalitarios de la época en Italia y Alemania, donde también se celebraron grandes eventos artísticos. “En ellos prevalecía el clasicismo y la monumentalidad con un énfasis en lo histórico. Entre unas y otras formas y contenidos, con algunas características similares, se generaban grandes debates y fuertes tensiones”.
“Hablamos de una década donde se están abriendo paso no solo los artistas que pasaron por las escuelas de arte, sino también los amateurs. El artista que se descubre a sí mismo, como Moholy-Nagy, Man Ray, o también la mujer del primero, Lucia Moholy, que escribe uno de los textos más importantes de la historia del arte de la época”, afirma. “Uno de los subtemas importantes son los enlaces personales, lo que hoy llamaríamos las redes. Pienso que antes se daba más importancia a los Gobiernos, a una narrativa de un nivel superior. La tesis de esta muestra no es una corrección de la historia de los años treinta, sino un reconocimiento de sus contradicciones y posibilidades”.
“Esta exposición no ve a España como el huérfano o el último ejemplo o el caso excepcional dentro de lo que sucede en Europa en el campo del arte”, subraya Mendelson. “Cuando miramos lo que sucedía en España en comunicación de masas, cultura, empresa, política, relaciones interpersonales se puede considerar como algo ejemplar dentro de la década. Lo que sucede a nivel nacional allí es algo que se puede extender a nivel internacional. Invita a considerar que cuando hablamos de gente como Alexander Calder, Roger Penrose, Salvador Dalí, Joan Miró, Le Corbusier, Fernand Léger, exhiben en sí mismos —en sus personas y en el arte que producen— esas complicaciones de su época.
“Fue una época que tiene mucho que ver con lo que sucede hoy”, comenta Mendelson. “Y creo que por eso el museo ha optado por seguir adelante con esta ambiciosa exposición a pesar de que tuvimos restricciones de medios económicos. Siempre intentando mantener el concepto de que el artista no está aislado de la vida ni de las circunstancias. La manera en que el artista se enfrenta a ellas dice mucho de cada uno. Algunos eligieron producir arte a causa de la política, como los que diseñaban el cartel de propaganda, y que no por eso eran más simples que los otros; estos convivían con los que defendían activamente la poesía, el arte puro, la abstracción”. Dos actitudes ante el arte que se explican a través del debate que sostuvieron Josep Renau y Alberto. La exposición incluye unos dibujos de Alberto que se creían perdidos y han sido hallados en el Museo Pushkin, de Moscú, en los que aborda directamente la política, pero a través de escenas surrealizantes.
 “No solo hay pesimismo del arte en tiempos de conflicto. Así es que en vez de ver el arte en términos de quien participa o no en la política, consideramos que el que defiende la poesía adopta también una postura política. El artista no está aislado, pero cuando decide aislarse intentamos indagar en sus motivos más profundos”, afirma Mendelson.
El recorrido está salpicado de proyecciones de películas de la época que sitúan aún mejor al visitante en ese contexto. El teatro y la danza tienen también un lugar para denotar la modernidad en España en tiempos de la República. Se exhibe un gran telón original pintado por Alberto para La romería de los cornudos, de La Argentinita, además de figurines de los trajes. Luego está la maqueta del Pabellón Español, que es también un escenario en el que se pasa de la República a la guerra.
Y es que esta exposición servirá para expandir algunos de los aspectos que centra la colección permanente del museo. “Queríamos dar una visión más internacional de lo que significó la Guerra Civil”, afirma Rosario Peiró, jefa del área de Colecciones y otra de las comisarias de la exposición. “Las líneas de fuerza de esta parte de la muestra serían lo teatral, Goya y su enorme influencia, y la visión internacional. Hay una sala de la ‘ayuda a España’, con préstamos de obras realizadas en torno a la Guerra Civil, muchas de las cuales quedarán en el museo en depósito después del fin de la exposición”. Entre ellas destaca un casi desconocido óleo nocturno de Magritte con fabulosos aviones improbables. Son importantes también las numerosas obras de Masson realizadas durante su estancia en España.
En el Pabellón Español se vendieron muchas obras donadas por artistas españoles e internacionales para apoyar al Gobierno de la República. Se pusieron a la venta, además, carpetas con Los desastres de la guerra, de Goya. Un artista que palpita en el fondo de este arte en tiempos de guerra. “La idea ha sido recuperar a Goya, un artista muy presente en la lectura crítica del Guernica. Su estética grotesca y surrealizante tuvo una enorme influencia que se nota no solo en muchos de los grandes artistas, sino hasta en las caricaturas satíricas de la época”.
En el centro de todo esto, el Guernica sigue imponiendo la fuerza de su mensaje. Cuanto más explicaciones se dan, más insondable es el misterio y más clara su advertencia ante el horror de la violencia.
Picasso black and white. Guggenheim Nueva York. Del 5 de octubre al 23 de enero de 2013. Encuentro con los años 30. Museo Reina Sofía. Del 2 de octubre al 7 de enero de 2013.

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