mércores, 29 de xaneiro de 2014

El sueño en color de Robert Doisneau


Las imágenes del viaje a EE UU del fotógrafo descubren su lado más irónico
Las hijas del autor de la icónica ‘El beso’ difunden el legado oculto de su padre

El sueño americano de Robert Doisneau es en color, o mejor dicho, en esos tonos pastel del desierto californiano que muchas veces ni parecen verdaderos colores. El célebre fotógrafo de El beso, el hombre que fijó con su cámara el retrato romántico de un París en eterno blanco y negro, convirtió su serie Palm springs en un viaje insólito en el que su mirada (melancólica y amable en casa) se tornó irónica y afilada en el extranjero. La exposición Robert Doisneau. From craft to art. Palm springs, 1960cuya última parada está siendo en el Centro de Arte de Campredon de Francia— recoge este trabajo menos popular del fotógrafo (nacido en 1912 en un suburbio de la capital francesa y fallecido en 1994) y lo incluye en un recorrido que también cuenta con un centenar de fotografías en blanco y negro (la mayoría poco difundidas) y documentación personal facilitada por sus dos hijas.
“Al final de su vida mi padre decía que si hubiera tenido la posibilidad de volver a hacerlo todo, lo hubiese hecho en color”, afirma Francine Déroudille, quien junto a su hermana Anette trabaja desde hace años en la divulgación e investigación del legado fotográfico de su padre. “Supongo que lo decía en broma, pero aun así, creo que su imagen del fotógrafo del blanco y negro está lejos de la realidad. Si trabajó en ese formato fue principalmente por razones prácticas. La fotografía en color era carísima y además, no se conocía bien su longevidad. Curiosamente, hoy tenemos que proceder a la restauración de las diapositivas cada vez que queremos utilizar una imagen suya en color, así que en el fondo sus preocupaciones estaban más que justificadas”.
Doisneau trabajó en color solo por encargo. El de Palm springs llegó desde la revista Fortune. “Ciertamente nos encontramos bastante lejos del tipo de fotografías que le dieron fama”, afirma su hija. Ella y su hermana reivindican no solo el color en el trabajo de su padre, sino también la parte de la producción en blanco y negro que fue eclipsada por el apabullante éxito de sus imágenes icónicas.
Del alegre París nocturno del Doisneau más popular al París embarrado y canalla del Doisneau más oculto, el que muestra la realidad de la ocupación y de la inmediata posguerra. Un caballo blanco abatido en una calle de París en 1942, vagabundos sin ninguna sonrisa amable en su rostro, prostitutas ajadas a principios de los hambrientos años cincuenta, parejas esperpénticas abrazadas por esas mismas fechas, mujeres vestidas de negro refugiadas en el metro en 1944… “La mayor parte de estas fotos no se han visto antes, son algo más oscuras de lo habitual en su trabajo”, admite Francine Déroudille. “Su expresión, su retórica fotográfica, siempre tuvo mucho de melancólico y aunque las escenas que fotografió no eran especialmente felices, también creo que supo sacar algo nuevo, mostrarnos algo diferente, de estas escenas tan negras”.
Pero según su hija, el verdadero campo de acción del fotógrafo fue su propia familia. “Robert Delpire [célebre editor de Cartier-Bresson, Brassaï, Lartigue y el propio Doisneau, y uno de los grandes impulsores de la fotografía en Francia] dice que mi padre era el etnólogo de su propio entorno, nuestra pequeña familia fue su auténtico tema de estudio. Al ver esas fotos familiares, yo me observo a mí misma con gran distancia, y me alegro, de otra manera estaría rota emocionalmente. Cuando las veo apenas tengo la sensación de que soy yo. Solo se trata de la niña que he sido en algún momento de mi vida. La cámara era la prolongación de la mano de mi padre. Se nos olvidaba totalmente porque siempre estaba allí con él. A veces era un poco molesto pero, en general, convivíamos de forma inteligente con una máquina que era un miembro más de la familia”.
Después de años de trabajo, la hija se atreve a elegir entre centenares una sola fotografía. Está en el centro de esta página y se titula La corte de los artesanos. Su puesta en escena y personajes resultan extraños, ninguno mira en la misma dirección, nada parece indicar qué hacen ahí en ese preciso instante. “Es muy misteriosa. ¿Qué espera toda esa gente? ¿Por qué miran todos en distintas direcciones? Es una imagen que podría ser el principio de una película o de una novela. Nadie puede contarla ni analizarla, escapa a las clasificaciones y categorías, y acabamos diciendo que son poéticas porque no sabemos muy bien qué decir de ellas. Es pura fotografía”.

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